Isla Aillaquillén

El Morro o Isla Aillaquillén
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La leyenda cuenta que la princesa mapuche Aillaquillen, hija del toqui Millacalguin se enamoró locamente de un capitán español que a la postre fue ejecutado por los mapuches, perdiendo la princesa el amor de su vida, sufriendo tal tragedia se trasladó al monte a llorar a su amado.

Sus lágrimas -cuenta la leyenda- acumuladas rodaron por el cerro arrastrando sedimentos y cayendo al lago, formando el islote que lleva el nombre de la desconsolada mujer.

Leyenda: Aillaquillén

Leyendas de Chile.-
La Furia del Quitralpillán.
D. Romeo Salinas, el prestigioso y recordado educador y escritor de múltiples facetas (“Las leyendas del mundo vegetal”, “Bajo la sombra del canelo”, “Poesía de la antigua China”, etc.), publicó hará seis lustros, una novedosa leyenda del Lago Villarrica que lleva por título “Aillaquillén, la hija de las nueve Lunas”.
Se trata de la historia de una doncella de singular belleza, como no había otra en aquellos tiempos remotos en que ella, “Aillaquillén — “hija de las nueve Lunas”, en lengua aborigen—, lucía su hermosura y atractivos encantos cuando se paseaba, en las mañanas luminosas, por las orillas del Mallolafquén, nombre primitivo del Lago Villarrica. Su padre, el cacique Quitralcura, había sido uno de los indios más poderosos del lugar, pero, a la sazón, yacía en el seno de la tierra, disgregándose como todo lo desvanecido al retornar, con el último hálito, a las formas ancestrales, en su silente y oscuro tránsito hominal, al origen de los elementos diminutos, encadenados al proceso eterno de la evolución y de la vida.
Arcanos y Avatares.
Cumpliendo con las leyes naturales que rigen los avatares del hombre, el viejo Quitralcura frecuentaba, con ciertos intervalos, aquellos sitios que habían sido sus dominios, y así su espíritu en estado larvario y tomando formas grotescas, monstruosas e inverosímiles, aparecía entre los indios, esparciendo entre ellos el espanto y el terror…”
Contrariando, al parecer, el natural suceder hermético de los fenómenos de las sombras, según los mitos aborígenes, el padre de Aillaquillén parecía haberse instalado en las entrañas del Quitralpillán, convertido ya en uno de los tantos dioses protectores del Mallolafquén. Pero a veces abandonaba su morada “y sobrenadando en el mar de nubes que solía en volver la cima del volcán, contemplaba, desde las ventanas azules del infinito, las hermosísimas campiñas que fueran teatro de sus hazañas legendarias…”
Y así vigilante desde su atalaya celeste, cuando Quitralcura observaba que los indígenas se entregaban a la ociosidad y el vicio, hacia desatar las furias internas , aprisionadas en el seno ígneo de la montaña, que “sacudían con bruscos estremecimientos las tierras del Mallolafquén, arrojando sobre los campos y las aldeas un torrente de lodo abrasador y hacía caer sobre las poblaciones atemorizadas una lluvia de cascajo y cenizas, mientras una espesa columna de humo ennegrecido, retorciéndose en siniestras espirales, enceguecía al Sol”.
Maldad de Nahuelhual.
Pero una noche en que Quitralcura rondaba por los aledaños de la ruca de Aillaquillén, pudo oír claramente las palabras de algunos indios que le revelaron que Nahuelhual, un porfiado pretendiente de su hija, planeaba el rapto de la joven, despechado porque ésta no aceptaba sus requerimientos. Por lo mismo, ella estaba siempre rodeada de una guardia poderosa que la defendería hasta la muerte.
El momento era decisivo. Los raptores esperaban la orden, una señal del jefe indígena, para proceder… Y fue entonces cuando los hombres de Nahuelhual atacaron, con muchas precauciones, naturalmente, para no causar el menor rasguño a la codiciada Hija de las nueve Lunas… Más, cuado los guerreros de ambos bandos, se hallaban en lo mejor de la pelea, la joven escapó. Corrió por entre los matorrales hasta que logró alcanzar las márgenes del lago, y allí en un pequeño varadero había una canoa… Aillaquillén trepó en ella y empezó a bogar hacia la orilla opuesta.
El Joven cacique corrió dando gritos en pos de los pasos de la amada imposible, pero todo fue en vano; la hermosa joven bogaba lejos del alcance del indio enamorado. Sin embargo éste, confiado en su fuerza y destreza para arrojar venablos, se dispuso a consumar el acto cobarde que le inspiraba su desesperación. Y cuando se aprestaba al lanzar el arma, “un estampido formidable que repercutió en el infinito, detuvo el curso de su brazo vengador, y como si todos los elementos hubieran obedecido a una misma orden, se dejaron caer sobre la tierra en espantosa confusión…”
Furia del Villarrica
Un viento de fuerza irrefrenable sacudía las aguas del lago. Nubarrones negros y amenazantes como monstruos se retorcían en la altura, heridos por la luminosa segur de los relámpagos, y en brevísimo tiempo empezó a llover a cántaros como si el cielo hubiera abierto todas sus esclusas… Y como si eso fuera poco, terribles estremecimientos telúricos empezaron a desencadenarse, transformándose finalmente en una espantosa ebullición de fuego y lava…“Las cordilleras se desmoronaban, y girando en vertiginosas contorsiones, un mar de llamas se escapaba por las heridas que iba abriendo el cataclismo…”
Nunca los hombres de aquellas regiones habían visto un fenómeno tan terrible y devastador, pues semejaba una hornalla del averno. La masa ígnea vomitada por el volcán resbalaba hacia el plan y se deslizaba como nata siniestra sobre la superficie del Mallolafquén, amenazando la débil embarcación en que huía del cobarde Nahuelhual la infortunada “Hija de la Nueve Lunas”.
Y entonces se produjo la escena dantesca que jamás imaginaran los pillanes de los ocultos báratros andinos: el enorme torbellino de lava cubrió el cuerpo de la bella muchacha, sepultándola en el fondo del Mallolafquén…
Ciclos Fatales
Y cuenta la mitología nativa que los aborígenes sobrevivientes de aquel desastre vieron después de algunos años que todo se habría transformado. Nuevas montañas ocupaban los lugares barridos por las furias escondidas en la hondura de la tierra india, y sólo el eterno Mallolafquén permanecía inalterable y bello, reflejando en el espejo azul de sus aguas el cielo inmenso que había sido testigo de ese cataclismo que registran los anales de los siglos. Y allí en su seno undoso, duerme para siempre Aillaquillén “La hija de las nueve Lunas”.
Pero ocurre que a veces ― a lo lejos afortunadamente ―, al recordar Ella, en su sueño milenario, los monumentos culminantes del desastre, el Villarrica se estremece, abre su cono de gehena maldita y derrama su torrente de fuego y lava, como en aquel tiempo tan lejano en que arrastró a la mas hermosa doncella de la comarca hacia el fondo del lago…

Publicado por Abel Lucero en Las Ultimas Noticias, Sábado 15 de Enero de 1972.