Pelayo Benavides analizó el libro "Hacer las Paces con el Animal" en entrevista con Editorial Qual Quelle

17 de octubre de 2018.

Pelayo Benavides es doctor en Antropología Social de la Universidad de Aberdeen (Escocia, Reino Unido). Es académico en el Campus Villarrica de la Universidad Católica de Chile, donde ha dictado cursos de Teorías del Aprendizaje, Cognición y Cultura, así como de Interculturalidad y Desarrollo. Es investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo Local CEDEL-UC y miembro de la Sociedad Chilena de Socioecología y Etnoecología (SOSOET). El trabajo de P. Benavides se ha focalizado en la educación intercultural, la antropología cognitiva y antropología medioambiental, con énfasis en las relaciones humano-animal (Human-Animal Studies).

Desde las ediciones Qual Quelle conversamos con él sobre Hacer las paces con el animal, el libro del filósofo y etólogo francés Dominique Lestel, que inauguró nuestro catálogo editorial y que Pelayo presentó en el Campus Villarrica de la UC junto a Zeto Bórquez en agosto de 2018.

por Alexandra Sánchez Hernández

– Según Lestel “[l]a cuestión central de la etología filosófica es saber qué significa ser un agente vivo en medio de otros agentes vivos”. ¿Cómo responderías tú a esta interrogante?

– Creo que ser “un agente vivo en medio de otros agentes vivos” debe entenderse desde una visión de los organismos no como encapsulamientos a ser ordenados en ‘Gabinetes Victorianos’, sino como fenómenos procesuales, con ramificaciones múltiples y abiertas. En este sentido, existimos y vivimos a la manera de campos relacionales que nos definimos y redefinimos en la medida que establecemos esos entrelazamientos o “entanglements” como refieren en la órbita anglo. Como agentes vivos con un nivel de autoconciencia explícito, me hace sentido que haya una tendencia sociocultural a buscar ordenamientos y categorías para existir. No me parece que esto provenga de una pura imposición de categorías sociales sobre un mundo fenoménico cambiante – la crítica hecha a los enfoques de Mary Douglas y Edmund Leach en antropología- , ni tampoco de una lectura correcta (positivista) de las estructuras presentes en un mundo cognoscible. Como suele suceder, es algo más intermedio, más difuso y complejo, algo que recogen tendencias más recientes en antropología (entre otros Tim Ingold, Marilyn Strathern, Martin Holbraad, y en particular Eduardo Kohn con su ‘antropología de la vida’). Creo que lo vivo se juega precisamente en ‘entrelazamientos’ donde la complejidad, las ambigüedades e incertidumbre son fértiles; a esto es lo que me parece apunta la aseveración de A. Mol y J. Law cuando dicen: “That which is complex cannot be pinned down. To pin it down is to lose it” (Lo complejo no puede ser inmovilizado. Fijarlo es perderlo)[1]. Es un tipo de complejidad y ambigüedades que deben entenderse poniendo la atención en las posibilidades que abren, su potencial de estimular ordenamientos y promover el pensamiento; algo ya referido por Mary Douglas en su trabajo “Purity and Danger”[2], para ser justos.

Me parece que reflexionar sobre la condición de lo vivo no puede desembocar simplemente en una tarea obsesiva y angustiante por definiciones claras y precisas. Aquí cobra relevancia el postulado de Maurice Blanchot de L’entretien infini, que aproveché para una sección de mi tesis: “La réponse est le malheur de la question” (La respuesta es la desgracia de la pregunta)[3]. No se trata de negar que necesitamos respuestas y en muchos casos lo más precisas posibles, pero siempre cuidando el mantener a la vista la posibilidad de que nuestras respuestas correctas puedan serlo por las razones equivocadas, y que por tanto el impulso de la búsqueda y revisión debe permanecer activo. Así, de una manera u otra las experiencias vitales nos lanzan a la cara casos que remueven categorías establecidas, ya sean virus, inteligencias artificiales, cripto-criaturas variadas, e incluso monstruos. Éstos últimos tienen, a mi juicio, un enorme valor en tanto fenómenos experienciales y dispositivos para pensar, en el sentido más clásico del verbo monere o “advertir”. No es casualidad que en muchas sociedades estos hayan sido representados como combinaciones animales (incluyendo al animal humano) que desafían lo establecido, habitando los márgenes de lo conocido. Finalmente, si las reflexiones acerca de lo vivo no nos permiten buscar posibilidades de mejor convivencia sistémica y no nos iluminan respecto a acuciantes problemas de supervivencia global, entonces no pasarán de ser ejercicios de pavoneo intelectual, como me temo ocurre insistentemente en los mundos académicos.

– En esa perspectiva, ¿qué aspectos resaltarías de las reflexiones que hace Dominique Lestel sobre la animalidad?

– Me parece que pensar la animalidad desde una “Perspectiva relacional, situada y constructivista de lo vivo”[4], como propugna la etología filosófica, entrega elementos de análisis potentes para todas aquellas disciplinas que abordan las relaciones humano-animal. Utilizar un enfoque etológico-filosófico permite pensar la animalidad superando una serie de definiciones y condiciones que tienden a cierto esencialismo y fijación en la comprensión de otros animales. Por ello Lestel remarca la intención de “inventar” al animal, de verlo como un locus de posibilidades que se proyectan hacia un horizonte en una trayectoria que podría concebirse como asintótica: no sabemos en realidad los límites de sus contornos. Tal como en el ejercicio científico bien entendido se opera en un movedizo terreno probabilístico –en que la última palabra nunca está del todo dicha–, esta comprensión del animal como un fenómeno que siempre puede asombrarnos es fundamental. Y así lo ha probado la investigación siempre creciente acerca de las habilidades presentadas por otros animales (e.g. resolución de problemas en chimpancés y córvidos; patrones comunicativos de cetáceos; comprensión de señales sociales inter-específicas en perros), debilitando las posiciones que insisten en un excepcionalismo humano a ultranza.

De esta forma, por ejemplo, podemos volver a mirar nuestras relaciones con los perros como fuertemente influidas por contextos urbanos o rurales,más combinaciones intermedias; como seres sociales cumpliendo roles históricos co-moldeados según necesidades cambiantes, aunque la influencia humana pueda pesar más en muchos de esos escenarios. En cierta medida, podemos ver que los perros han sido el mismo animal y a la vez uno siempre diferente según esos cambios, con las concomitantes repercusiones sociales. Es así que llegamos a la situación en muchos lugares del occidente contemporáneo, del perro ‘ciudadano’ y sujeto de derechos. Este participa a su manera de luchas legales y de política pública por un espacio frecuentemente definido por los humanos y sus visiones ontológicas. Pero no hay que olvidar que si cambiamos un poco ciertas condiciones y relaciones, nos podemos encontrar al mismo tiempo en otro sector con el perro como amenaza ‘natural’ en su conducción instintiva frente a territorio y alimento. La escala de grises entre posiciones polares en temas como este es casi infinita, demostrando que los perros constituyen actualmente un nudo ‘proteico’ de relaciones y comprensiones con los humanos y otros animales con los que comparten lugares varios.

De igual manera, me parece muy interesante el análisis de Lestel acerca de los cambios de perspectivas respecto a otros animales. Así, su aseveración de que pasamos “directamente del animal-máquina al animal-peluche”[5] es un postulado fuerte que puede suscitar molestia en diversos grupos organizados y relacionados con estos temas y en veredas diferentes. Quizás por esto es que me parece una posición interesante y necesaria; es un ejercicio filosófico ‘a la antigua’ (el tábano de Sócrates) que busca incomodar, desafiar las convenciones y lo ideológicamente sancionado por las distintas posiciones (i.e. en la industria alimenticia; en los grupos radicales sobre derechos animales). Creo que además tiene el valor de focalizarse en la posibilidad de que los animales no humanos escapen a nuestros “esquemas utilitaristas” y morales[6] y se reconozcan sus variadas agencias independientes. Por ejemplo, en la antropología que se ha centrado en los conflictos humano-animal (e.g. humanos-lobos en Suecia; humanos-monos en Japón; humanos-leopardos en India) esto cobra especial relevancia ya que abre la posibilidad de entender dichos conflictos no sólo como entre grupos humanos con diferentes perspectivas (e.g. agricultores vs. conservacionistas), sino también entre organismos con intereses que se intersectan, compitiendo por recursos y con agendas propias. Esto conserva la dimensión de ‘sociabilidad’ más o menos conflictiva existente entre humanos y otros animales, presente en toda sociedad (y no sólo como marca de exotismo primitivista).

Por último, me parece que sus reflexiones acerca de la animalidad se extienden hacia la condición humana con fluidez. Aunque parezca casi un lugar común a estas alturas, el afirmar que la pregunta por la animalidad es a la vez una pregunta por la propia humanidad sigue siendo un acto necesario. Esto porque es claro que los esfuerzos por definir la humanidad han pasado históricamente en occidente por la contraposición con “el animal”, volviéndose cada vez más difusa desde la irrupción de las ideas acerca de la evolución de Darwin. No es de sorprender entonces que Lestel y la etología filosófica busquen generar este cuestionamiento “haciendo explotar en el aire” lo que significa ser humano[7]. Por esto que el “hacer las paces con el animal” es propuesto no solo como una forma de re-pensar nuestras relaciones con otros organismos vivos en este mundo (que no se limitarían al plano de lo biológico a su parecer), sino con aceptarnos como animales con las posibilidades y limitaciones que presenta esta condición. Como bien dijo un asistente a la presentación del libro en el Campus Villarrica UC, esto presenta el desafío existencial de aceptar la propia finitud y mortalidad; nuestra materialidad absolutamente imbricada con el flujo de energía universal del que todo emerge y a lo que todo vuelve.

– Lestel hace una crítica a la victimización de los animales por parte de los movimientos animalistas ¿En qué puntos crees que su postura puede dialogar con el reclamo social por los derechos de los animales?

– Esto es sin dudas un punto crítico en el abordaje de las relaciones humano-animal, y por ello conviene hacer algunas aclaraciones para posicionar los planteamientos de Lestel. Siendo un campo de estudios altamente interdisciplinario, se ha hecho necesario generar distinciones en el mismo. Samantha Hurn, quien dirige un programa de antrozoología en la Universidad de Exeter y ha publicado extensivamente acerca del tema, explicó que se debe diferenciar entre los “Estudios Animales Críticos”, los “Estudios Humano-Animal” y la “Antrozoología”. Los primeros son aquellos en que la posición de los investigadores es de un compromiso político más militante (tal como ocurre con las áreas de estudios feministas, Queer studies y otros centrados en identidades subalternas), focalizados en dimensiones éticas y aplicaciones para transformar la realidad. Es en esta área donde algunos movimientos animalistas encuentran más eco y de donde surgen reflexiones teóricas densas que nutren sus actividades. Pero no todos los grupos de defensa de derechos animales –de una gran diversidad creciente- plantean sus argumentos con la misma sofisticación. Me parece que el comentario de Lestel al respecto es provocativo, como mencionaba anteriormente, y supongo busca remecer complacencias y moralismos puristas extremos de algunos de estos grupos, que pierden de vista la propia posición humana en el problema.

Personalmente, creo que por esto es que es un ámbito en el que los antropólogos sociales no participan tanto, comparados con personas provenientes de estudios literarios críticos o desde el Derecho, por ejemplo. Me parece que tenemos una fuerte suspicacia frente a postulados dicotómicos que corren el riesgo de aplicarse ‘a rajatabla’ y a través de una suerte de ‘conversión’. A través del trabajo de campo e interesados por la diversidad sociocultural en el mundo, cala fuerte la noción de que las maneras de compartir el medio y de comprender a los otros animales superan por mucho visiones individualistas, liberales y occidentales sobre la realidad. Estas muchas veces eliminan la complejidad de relaciones de supervivencia e históricas, y pueden llegar a ejercer políticas fuertemente etnocentristas para regular la vida de otros pero desde fuera de los contextos de acción de dichas personas (e.g. ¿Se debe proteger el derecho a vivir de todos aquellos animales no humanos cazados por diversas sociedades de pequeña escala en el planeta?).

Creo que el llamado de atención de Lestel también apunta a nuestra cuestionable posición como jueces y parte de jerarquizaciones respecto de qué criaturas son más defendibles que otras en la práctica. Esto no quiere decir que abdiquemos en las tareas de su defensa, según los contextos en que los problemas surjan. Tampoco quiere decir que como individuos no podamos adoptar perspectivas más absolutas frente a algunas situaciones (e.g. utilización de animales que impliquen su sufrimiento, con fines meramente estéticos o de entretención; experimentación cruenta con animales sin consideración de alternativas ni de real beneficio final; industrialización de producción animal, etc.). Me parece que invita más bien a mantener una visión crítica sobre todo evento que revela bordes complejos (nuevamente la idea de los entrelazamientos y complejidades, de la falta de pureza y claridad). Por esto advierte acerca de la ‘humanización’ del animal; de la deformación de una posición antropomorfista que termina moldeando al animal más que respetando y entendiendo las diferencias. En posiciones veganas extremas, por ejemplo, los humanos deberían suspender el contacto con el mundo animal ya que éste jamás debiese ser un vehículo o un medio para los humanos. Esto incluiría la mera admiración si esta implica alterar en algo la forma de vida del animal. Esto marca en realidad la separación absoluta entre organismos; un extremo de “frontera higiénica”[8] y, paradójicamente creo, el rechazo absoluto del ‘animal’ humano.

Así, la posición de Lestel podría brindar una nueva mirada a ese situarse en planos más horizontales y diferenciados a la vez. Creo que esto es muy útil para los argumentos de grupos de defensa animal, cuando buscan convencer acerca de la “familiaridad” de las relaciones con otros animales a un público que frecuentemente rechaza visiones sistémicas pero que es capturado (muchas veces superficialmente) por apelaciones afectivas o recursos chocantes, e incluso morbosos. Lestel plantea que, tal como en la vida humana el tema del sufrimiento es importante, pero no lo único en lo que nos centramos, es necesario abordar la riqueza de otras manifestaciones de la vida animal para entender mejor nuestras co-constituciones. Como en todo ámbito de discusión, habrá posiciones y grupos en ambos extremos que no aceptarán postulados como los de Lestel. Sin embargo, creo que hay un gran grupo intermedio de actores sociales que puede beneficiarse mucho de una visión que enfatiza una comprensión más profunda y compleja con todos “los otros que humanos”[9] y no sólo con los otros animales. Esta posición tiene una coherencia fenomenológica importante, que afina nuestras posibilidades de relacionarnos con mundos circundantes de manera no etnocentrista, implicando que tal como podemos ser dominantes en ciertos escenarios, nos podemos transformar en presa o alimento en degradación al minuto siguiente, y que es como se desenvuelve la vida en tanto fenómeno procesual.

– En Hacer las paces con el animal Lestel hace referencia a Tim Ingold (a quien de hecho mencionabas al inicio). ¿Qué vínculos encuentras entre los planteamientos de Lestel y los de Ingold en torno a la relación entre lo humano y lo no humano?

– Si bien yo no estudié directamente bajo la supervisión de Tim Ingold en la Universidad de Aberdeen (Escocia) durante mi doctorado, su figura y sus ideas eran muy influyentes en el Departamento de Antropología (habiendo re-fundado la carrera a inicios de los 2000) y especialmente en el área de la antropología de las relaciones humano-animal. Así, pudiendo asistir a sus charlas y participando en los seminarios en que él tomaba parte o dictaba, estuve expuesto a sus visiones acerca del trabajo de Lestel. De hecho, lo destaca en su trabajo “Anthropology beyond humanity”[10], donde alaba el título del centro de estudios de Lestel y sus colegas en París (Laboratorio de Eco-antropología y Etnobiología). Respecto a su foco de estudios, afirma que la supuesta novedad de la llamada ‘etnografía multiespecies’ en la antropología reciente, anunciada por autores como Kirksey y Helmreich[11], no tomaba en cuenta el trabajo previo de Lestel.

En dicha referencia, Ingold destaca el hecho de que el francés ya había instalado el llamado a repensar la utilidad de un concepto como “especie” y sus compartimentalizaciones asociadas a la hora de descentrar la posición humana como punto de referencia para analizar lo ‘vivo’. De igual forma, destaca el énfasis de Lestel acerca de la antigua y evidente constitución híbrida de cualquier sociedad de seres animados. En este sentido, subraya la co-constitución por parte de animales humanos y no humanos de las sociedades estudiadas por la antropología en el transcurso de su historia disciplinar. Cabe recordar que Ingold fue uno de los primeros antropólogos en focalizarse en este aspecto a partir de su trabajo doctoral entre los Saami Skolt del noreste de Finlandia en los años 70, por la importancia de los rebaños de renos en todas sus actividades.

Esto no quiere decir que no haya existido previamente un interés por los animales no humanos en la disciplina; baste recordar todos los trabajos clásicos sobre animismo y la posterior corriente de análisis estructuralistas (i.e. Claude Lévi-Strauss, Mary Douglas, Edmund Leach, Roy Willis), o el famoso trabajo de E.E. Pritchard entre los Nuer y la centralidad del ganado en su sociedad, por nombrar algunos. El punto es que estos trabajos abordaban generalmente al animal no humano en tanto animal ‘para ser pensado’ a la Lévi-Strauss, como símbolo o como operador abstracto para ordenamientos sociales de orden superior. Lo interesante de Ingold fue que se preguntó por el animal no humano como sujeto de relaciones y experiencias significativas con humanos, de una manera que no busca homogeneizar a los individuos. Esto es algo que él destaca del trabajo de Lestel e incluso lo contrasta con la mirada ‘colectiva’ de Bruno Latour, más orientado a las llamadas ‘ontologías planas’. De hecho, Lestel[12] plantea la reivindicación de una “ontología plural”, y por ello destaca la idea de “la malla” (meshwork) de Ingold, que no fija nodos como ocurre en ‘la red’, manteniendo el dinamismo de los entrelazamientos. Así, los seres se constituyen temporalmente a través de sus relaciones, más que por sus límites claros. De esta forma, tanto Ingold como Lestel buscan formas de entender el modelamiento de la vida social que permita diferencias y procesos permanentes de diferenciación, manteniendo también continuidades entre todo lo vivo.

De hecho, los dos autores propugnan la idea de continuidad radical entre distintos organismos, negando además por una cuestión de consistencia lógica, una suerte de esencia humana que nos permita ser parte de la naturaleza pero al mismo tiempo estar fuera de ella a la hora de consideraciones analíticas. Ambos parecen rescatar la idea darwiniana original de que las diferencias entre grupos de animales en términos de capacidades cognitivas es una cuestión de grado y no de ‘esencia’ de manera alguna. Es importante reconocer que la idea de continuidad no es nueva y está presente en la “Gran Cadena del Ser” Aristotélica, pero siempre poniendo el foco en la jerarquía entre seres. Creo que es la fuerza de la idea acerca de la relacionalidad de todo lo vivo como algo central y la visión de los organismos como ‘espacios de posibilidades’ en permanente desenvolvimiento lo que creo conecta fundamentalmente las posiciones de Lestel e Ingold en este sentido.

– Por último, cómo ves la propuesta editorial de las Ediciones Qual Quelle, que precisamente ha elegido partir publicando a D. Lestel.

– Me parece ante todo, una apuesta novedosa y a decir verdad bastante valiente. En primer lugar porque parece claro que la literatura filosófica no es precisamente la que genera más atención ni promete los mejores réditos. No es un ámbito que esté bien fomentado en la formación escolar y sufre lamentablemente de un aura de complejidad y elitismo que suele distanciarla de aquellos que no contamos con suficiente bagaje filosófico para abordar sus temas centrales. En segundo lugar, resulta aún más loable el hecho de que haya una opción por contenidos y autores que se desvían de líneas más ortodoxas dentro de la misma disciplina y que integran problemas contingentes y en pleno desarrollo, como nuestras relaciones con otros animales. Si bien en su colección hay autores bien conocidos en el ámbito de la filosofía continental, como Jacques Derrida, he visto que también le están dando visibilidad al trabajo de Simondon; un autor según decían re-descubierto, del que escuché por académicos insertos en antropología de las ciencias y tecnología (e.g. Carlos Sautchuk, de la Universidad de Brasilia). En este sentido, creo que Qual Quelle abre oportunidades para acceder a material filosófico de vanguardia para otras disciplinas de las humanidades y ciencias sociales, a través de buenas traducciones como la que a mi juicio han realizado Zeto Bórquez y Ernesto Feuerhake acerca del trabajo de Lestel.

FUENTE: http://www.qualquelle.com/entrevista-con-pelayo-benavides/